Nunca he conocido un pueblo como aquél y no sé si podré describir todo lo que recuerdo de este lugar tan contrastante y maravilloso; un pueblo que parece fantasma o embestido por la guerra, con casas y edificios despintados y más manchados por la derrota que por la humedad, con calles semiempedradas o semiasfaltadas -creo que no podría distinguirse la diferencia- que como tambores de guerra entonan un redoblante eco al trayecto de algún pueblerino que pasa a pie o a caballo; un pueblo que muestra los ánimos en ruina y en el que la gente -no sé si por el sol o por hastío- vive refugiada casi todo el tiempo bajo sus techos de zinc, y en el mejor de los casos, bajo las ardientes placas de paupérrimas casitas obreras. Y a pesar de ello tiene su atractivo, su verde siempre verde y limpio como los ojos de un felino que se desliza suavemente tras alguna presa ingenua; su cielo más azul que cualquier cielo, un océano lleno de inmensos espacios donde nadan, blancas y apacibles, las espumosas nubes despeinadas por las aves de rapiña; su aire… ¡oh, su aire!, puedo olerlo mientras escribo: limpio, sabroso, puro, mágicamente suave y generoso cuando se inhala; alguna vez así fue el aire en todo el mundo. A veces se dibuja entre las hendiduras de las calles algún ridículo arroyuelo que va nutriendo de cenizas y polvo sus afanosas aguas, surcando zanjas y esquivando piedras y chanclas para morir en una calle honda, donde las mujeres suelen llegar a vender sus prendas o cambiarlas por carne o granos; allí la cerveza y el guarapo se dejan beber sin mucha resistencia por los sudorosos y desnudos hombres; es como un punto de encuentro, un mercadeo de amores y de cuernos, una tienda de deseos en la que alguien le roba un beso a alguna negra entretenida y sale corriendo, pero la negra va siempre a esperar el mismo pícaro beso.

En el pasado habían llegado las reformas y con ellas un poco de desarrollo. Pasó la Carretera Central que es la arteria principal de aquél país; pusieron una heladería: de esas grandes que entras y te sientas en unas sillitas redondas de un solo pie frente a una larga y amorfa barra; abrieron una casa de cultura y de vez en cuando se les metía en la cabeza la loca idea de hacer alguna peña nocturna; hicieron un boulevard, un parquecito, una biblioteca, un cine, y lo que le dio más vida al pueblo: dos ingenios azucareros, el del norte y el del sur. El poblado fue creciendo y fueron llegando los visitantes, empresarios y pequeños inversionistas. Por suerte el ferrocarril que atraviesa también todo el país pasó justo por aquel caserío que ya conocía el fibrocemento y el asfalto. Por estos rieles se lleva y se trae mucha caña, más bastones de caña que viejos en el mundo que puedan usarlos para sostenerse. Cañas Medialuna, dulces y blandas que hacen reo a cualquiera, como un hueso a su perro; se lleva combustible de aquí para allá, de allá para acá y azúcar de torba hacia ambos rumbos; en ocasiones pasan maquinarias agrícolas: tractores, combinadas, camiones; pero lo más pintoresco y aún más frecuente que todas esas cosas, es ver o escuchar -incluso a lo lejos- al tren de pasajeros.

Hay tres maneras de saber la hora; una es por el pitido del ingenio que toca a ciertas horas de la mañana y de la tarde; otra es por “La Sierra”, una fábrica de limpieza y corte de madera que tiene por costumbre emitir una especie de silbido cada cuatro horas; y la última, por el tren de pasajeros, con sus llegadas puntuales y hasta con sus retrasos; todos pueden decir qué tren es, de dónde viene, a dónde va y hasta cuánta gente más o menos viaja en sus carros. Porque allí se sabe todo; se sabe lo que comen los vecinos, aunque a la hora de la “papa” se acuartelen, clausurando puertas y ventanas; se sabe de quién es hijo cada quién y cuánto ganan sus padres; se sabe si va a llover o no -hasta los matorrales lo saben-, incluso si hay alguien nuevo en el pueblo aprende a saberlo también; se saben los precios del mercado y los números telefónicos; se saben de memoria los nombres de casi todos y hasta de los que yacen en la necrópolis foránea. Es un pueblo de sabiondos, de niños sabiondos y viejos sabiondos. Así es Macumba, al menos lo que recuerdo; caliente como un pan recién horneado y lleno de detalles, como si tuviera pasas escondidas entre el migajón. 

Cuando se llega, te atrapa con sus cosas: el café mañanero que prepara el viejo o la vieja antes que “La Sierra” comience a silbar, es un café fuerte que sabe a hogar y sabe a trapo; el canto de los gallos mientras el joven sol abraza los jardines y fachadas; el rocío de la noche goteando de los mañaneros techos y hojas de malangas, o de los pétalos de rosas y amapolas; las lagartijas comiendo hormigas locas en el portal y un hombre por aquí o por allá que llega con una bolsa de palitroques o un litro de leche. Las tablas se convierten en cristales que dejan pasar los rayos de luz; llegan hasta el cuarto y te arrebatan el mosquitero y hasta las sábanas. Empieza a escucharse el griterío de las madres, la risa de los amigos o el ruido de bicicletas; después, poco a poco aparecen los primeros vendedores pregonando su galleta salada, queso, dulce de guayaba, mango y hasta chicharrón de viento. Así se levanta Macumba cada día, con la misma matraquilla de un reloj de colección que nunca se detiene o atrasa; envuelta en humo de tabaco y ladridos de perros; oliendo a leche caliente que se quema en la hornilla de carbón mientras se derrama del jarro y entre la burda gritería de marranos por su primer sancocho de la jornada y el fresco y dulce canto de gorriones y tomeguines.

De allá se cae un mango y se hace pedazos, un poco más lejos hay una cama de guayabas llena de moscas, y en la casa de alguien la frutabomba está cargada y no la arrancan. Es como si la tierra arrojara sus perlas al suelo porque tiene en demasía. ¡Cuántas veces recogí costales de limones, ciruelas o pepinillos de la casa de algún amigo, o jugué al quemadito con un coco seco del patio de Mercedes! Dolía, ¡pero era tan divertido! Esas son las cosas que la mente se rehúsa a olvidar y les pone fuertes grilletes para que no escapen de la memoria.

Yo acostumbraba ir a Macumba al principio de cada verano para descansar y escribir, porque allí me fluye la inspiración como la sangre. Eso tiene ese pueblo, un no sé qué de magia y ensueño que brota de su negra y húmeda tierra. Esos meses son muy calurosos allá, pero siempre hay opciones para apagar el fuego que se mete por la piel hasta dentro. Tenía que viajar mucho entre tupidos cañaverales para llegar a Macumba; cuando veía a lo lejos las chimeneas de los ingenios y empezaba a embriagarme el fuerte olor a cachaza sabía que me encontraba en la antesala de mi inspiración. Por el camino encontraba familias enteras bebiendo el néctar de la Medialuna, alguien empuñaba la mocha y racionaba el festín; mujeres y niños, hombres y ancianos, parecían un trapiche humano devorando collo tras collo los jugosos carrizos. A veces los perros me daban la bienvenida queriendo comerse las ruedas de mi carro; otras, una lluvia de bagacillo -si es que llegaba en plena zafra- que me recordaba a mi “Popo” querido.

La última vez que fui -ya hace tanto- iba dispuesto a todo; a quemarme como nunca, a bañarme en el aguacero como hacen los niños y las ranatoros, a montar bicicleta como loco hasta la casa de Cacha, de Solón y de Cristiá, a caminar a pie desnudo por el monte, tirarme de una palma al río y nadar como jicotea, subirme al tamarindo y sacudirlo con fuerza para comer esa champola que siempre extraño, montar caballo a pelo en el potrero, comer arroz con mango y embriagarme con las pergas del “Ranchón”, meterme en una torba y empalagarme con azúcar prieta o viajar en una chispita por la línea abandonada… ¡tantas cosas que había planeado hacer! Pero fue la experiencia más triste de mi vida, un recuerdo doloroso que aún hoy me lacera el alma. Yo creo que por eso me he empeñado en olvidar ciertas cosas, al menos las más dolorosas.

Ése siempre fue un pueblo tranquilo, lo más trágico que había pasado fue aquella vaca atropellada por el tren de la que sólo quedó un dominó de huesos lleno de forros. Esa vez yo iba pasando por el crucero cuando escuché la gritería. Traté de seguir al “corre corre” para descubrir a un enjambre de carniceros fileteando al animal. Por un momento había pensado que se trataba de un cristiano, el corazón me palpitaba de espanto; en Macumba todos saben cruzar las vías. En esos momentos pasan muchas cosas por la cabeza, comienzas a pensar que ha sido un suicidio, o tal vez Pura la loca que no le dio tiempo recoger una lata de entre los durmientes, quizá Jinebrita que se desplomó como tantas veces cuando está bien entonado, no sé… se piensa lo peor. Me regresó el alma al cuerpo cuando supe que sólo era una vaca y que esa noche algunos cenarían como reyes.

En aquél último viaje yo llegaba cansado y consternado. Calambio no había ido a recibirme al aeropuerto, nunca me había fallado. Cuando salí de la Aduana esperaba encontrarlo como siempre, pero no, esta vez no estaba. Me dijo que tomaría el tren de las diez de la noche para llegar a tiempo; una rutina a la que ya se había acostumbrado año con año. Tal vez se retrasó el tren - pensé-, y me dispuse a aguardar por un tiempo mientras combatía mi sofoco con una cerveza. Hice algunas llamadas y todos me confirmaron que había salido en la noche. Pero después de mucho esperar tomé la difícil decisión de emprender mi viaje a Macumba. Me lancé a la venia de Dios en un cochecito de los 50’s y me pasé todo el camino rezando para que el viejo regresara con bien. Tal vez hice mal, pero tampoco podía quedarme a vivir en el aeropuerto. Él siempre fue un hombre juicioso y puntual, así que viendo que no llegaría a tiempo buscaría la solución más viable. Yo que lo he conocido bien sabía que lo haría.

Con tanta preocupación ni disfruté el viaje. Esa vez no conté las palmas ni los puentes, no me bajé a comprar viandas como siempre lo hacía, ni tan siquiera pasé al baño. Era tanta la prisa por llegar y saber qué había ocurrido que ignoré la artística galería de cosas a lo largo del camino.

Son como siete u ocho horas desde el aeropuerto hasta Macumba y aunque llegué en menos tiempo, el camino se me hizo eterno. A veces cuando tengo que esperar mucho repaso los veinte misterios del Rosario, con jaculatorias, letanías y toda una choricera de cosas que le agrego para no desesperarme. Pero por primera vez me vi comido por el tiempo, devorado por las horas, enemigo acérrimo de mi reloj de pulsera que parecía girar de reversa como poniendo resistencia a las gomas de mi viejo carro.

En aquella bermeja tarde hice entrada en el pueblo; la misma estampa de siempre en la que sólo envejece el papel que la contiene. A lo lejos vi como siempre la chimenea del Central y parecía que veía a Calambio fumándose su puro mientras se balanceaba en un sillón todas las tardes. Tenía la esperanza de encontrarlo nuevamente así, en el portal mascando tabaco y leyendo alguna vieja revista. 

El pueblo estaba tranquilo, era como un museo cerrado; cada obra en su lugar ansiosa por recibir la mirada de algún visitante, y sin embargo, esa tarde me pareció que el contemplado era yo. Sentí la fría mirada de los postes y las casas, los árboles volteaban la cabeza a mi paso, las aceras huían como tímidas al verme y claramente escuchaba el susurro de los adoquines: -¡ahí viene, ahí viene!- sucumbiendo al forastero cacharro. Todas las cosas parecían sumidas en una sospechosa complicidad que implicaba mi persona y especialmente este viaje.

¿Y la gente? ¿Dónde está la gente? Macumba siempre ha tenido mucha vida vespertina. Por las tarde la gente sale de sus casas como topos a pasear por el pueblo y coger un poco de fresco. Podría tardarme mucho más en llegar si me dedicara a saludar a los conocidos o si persiguiera con la mirada a alguna nalga callejera. Escuché a “La Sierra” pitar, parecía toque de queda, yo era el único mataperros por allí. Unos pocos kilómetros más adelante disiparon mi incertidumbre. A lo lejos había una multitud inquieta, de aquí para allá y de allá para acá; parecían hormigas en la raspadura. Ah… estaban en la estación, casi ni podía ver el crucero. Mientras más me acercaba, más y más gente veía. Indiscutiblemente algo nuevo había ocurrido en el escenario principal de Macumba, porque si Macumba no tuviera ferrocarril, tampoco tuviera historia. ¡Otra vaca! -me dije- ¡No puedo creer que aún no se hayan extinguido!

Esa fue la última vez que fui a ese pueblo, y fue hace mucho. Por eso casi no recuerdo los detalles. Pero una vaca no junta a tanta gente, y no veía cuchillos por ninguna parte. Lo que sí recuerdo bien fue a la negra a la que le pregunté qué sucedía. Aquella mujer tenía los ojos más blancos que un queso criollo y con aquellos corpulentos brazos apuntaba a la vieja estación mientras me decía: -¡Un muerto! ¡Allí en la estación hay un viejo muerto! ¡Qué desgracia!

Los rostros flameados por el resplandor de las sirenas quedaron como cocuyos en mi oscuro recuerdo. Me estacioné donde pude, de momento olvidé la prisa y a Calambio, quería saber quién había sido el desdichado, porque conozco a casi todos los del pueblo. A penas puse un pie en el suelo cuando vi venir corriendo a mi flaca querida. Parecía loca, traía el pelo enredado y los ojos encendidos. -¡Rey, Rey! ¡Al fin llegaste! -Se me echó al cuello y me empavesó de mocos y de lágrimas.- ¡Qué desgracia! ¡Calambio murió! Cuando nos llamaste empezamos a investigar y lo hallaron muerto en la estación… ¡Oh, Rey, parecía un angelito durmiendo en su silla!, nadie se dio cuenta que estaba muerto.

Entonces me sentí más pesado que mis maletas, me desplomé en el andén como un saco mal estibado. Ella se arrodilló junto a mí y nadie podía levantarnos. Lloré como nunca en la vida había llorado, tuve que sacar jugo de las reservas para no secarme y cuando pude alzarme de mi charco caminé lentamente entre los curiosos hasta la sala de espera. Pasé como pude, esquivando comentarios de todo tipo y llegué con pies de plomo hasta el nudo de peritos. Allí estaba él, esperando todavía su tren, con la paciencia de un santo y con un boleto abierto sin fecha de regreso. Había estado casi un día entero en su incógnito estado sin que alguien se hubiese dado cuenta.

Tal vez volé a su lado en su ascenso al infinito, yo con la mente en tierra y él con el alma en las nubes, yo aterrizando mis sueños y él piloteando los suyos. Calambio había sido un padre ejemplar, siempre fue a esperarme y ahora me esperará eternamente en la estación final, en la última parada, donde todos terminaremos nuestro viaje.